Don Santiago Crimen era la nueva voz cantante del pueblo. Nacido en Buenos Aires, hombre de dinero y educación, todos lo admiraban recelosamente y hacían lo imposible por ganarse su respeto. En la intimidad era un hombre manso, melancólico y familiero. Conservaba una fotografía de sus padres que a menudo observaba. Los dos retratados eran tan jóvenes que podrían ser sus hijos. La mujer, con una blusa blanca y una enorme trenza negra cruzándole el torso, era de una hermosura firme y salvaje. Él todavía la recordaba en sus últimos años, cuando escapaba de la cama para correr por la casa exhibiendo su cuerpo indecentemente desnudo y flaco. Al morir se alegró de haberse desprendido de esa madre cadavérica, y se pudo dedicar tranquilamente al recuerdo de la otra, la primera, aquella que lo alimentó y vistió de pequeño.