Don Santiago Crimen era la nueva voz cantante del pueblo. Nacido en Buenos Aires, hombre de dinero y educación, todos lo admiraban recelosamente y hacían lo imposible por ganarse su simpatía. En la intimidad era un hombre manso, melancólico y familiero. Conservaba una fotografía de sus padres que a menudo observaba. Los dos retratados eran tan jóvenes que podrían ser sus hijos. La mujer ahí sentada, con una blusa blanca y una enorme trenza negra cruzándole el torso, era de una hermosura firme y salvaje. Él todavía la recordaba en sus últimos años, cuando escapaba de la cama para recorrer la casa desnuda, mostrando a quien se pusiera en su camino un cuerpo indecentemente flaco y encorvado. Al morir se alegró de haberse desprendido de esa madre cadavérica, y se pudo dedicar tranquilamente al recuerdo de la otra, la primera, aquella que lo alimentó y vistió de pequeño.
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Habían pasado 50 años desde la muerte de Manuel Cruz. Manuel Cruz, el idiota, el que sobrevivió a sus primeros años pese a los pronósticos de todos los doctores. Manuel Cruz, el hombre más fuerte y estúpido de estas tierras marginadas. Manuel Cruz, el idiota. Antonia, su madre, aún lo veía en sueños. Sentada en su sillón, sin decir un Jesús desde hacía ya tres años, era la mujer más anciana del pueblo. Sólo dormía, cagaba y comía, y lo hacía todo tan brevemente que nadie se explicaba cómo seguía con vida.
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Don Torres había pasado los últimos cuatro meses de su vida postrado en su cama, aceptando la muerte con indiferencia. Cuando le pareció que se moría llamó a su hijo menor y le pidió que se casara con la hija de Carlos Astudillo. Después le recomendó que no gastara dinero en la boda, que nunca peleara con sus familiares, que tratara bien a su mujer y finalmente dijo: llamá a mamá, Luis, que ya son las seis y todavía no le cepillé el cabello. Así que cuatro días después de su muerte, el muchacho fue a pie hasta la propiedad de Carlos Astudillo. Vio a María en la parte trasera de la casa, con el pelo negro suelto sobre la espalda y un trapo azul en la mano. Sin decirle palabra a ella entró a pedirle su mano a su padre. El viejo dijo que no, que ni pensarlo y Luis abandonó el lugar en silencio y pensando en no volver. Pero apenas una semana más tarde, Carlos Astudillo en persona apareció en la casa de los Torres a ofrecer la mano de su única hija.
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Luis despertó con el zumbido de un moscardón. La luz de la mañana entraba por la ventana abierta e incendiaba los hilos blancos de las sábanas. Una brisa todavía fresca inundaba la habitación con olor a tierra seca. Los ladridos lejanos de los perros indicaban que era hora de levantarse. Era la primera vez que Luis dormía en la cama que había pertenecido a sus padres. Recién en ese momento recordó la noche previa. Miró hacia la derecha y la vio a Carla. Todavía dormía, y la luz del sol blanqueaba sus ojos cerrados como margaritas. Entonces pensó que era hermosa.
Esa fue su primer mañana como marido y mujer.
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Se pasó la mano por la boca todavía quemada por la caña. Caminó derecho hacia la casa y entró sin decir palabra, pero haciendo oír sus pasos. La mujer cosía alguna cosa que dejó en la mesa cuando escuchó sus zapatos. Se levantó de la silla y lo vio parado en medio del pasillo, mirándola como un idiota. El hombre se abalanzó sobre ella, la agarró de un hombro y la empujó contra la pared. La mujer intentó separarse de sus manos como garras, pero no pudo contra su fuerza. Él permaneció mirando sus asustados ojos marrones, escuchando cómo su mujer infértil empezaba a hablar con un ruido torpe y lleno de odio. Entonces le pegó con la mano dura y abierta de un lado y del otro, le levantó el vestido y empezó a penetrarla con desprecio contra el piso sucio e igualmente infértil de la cocina.
[...]
Mediodía. El viento aullando en la alambrada. Siete sombras de cosas viejas. El cielo celeste y vacío. La res mugiendo brutalmente, orientando su morro tembloroso hacia el sur, hacia las tierras más benévolas del sur. Allí donde el desierto se doblega ante las manos y las herramientas de los hombres para alimentar raquíticos campos de cereales y fardo.
Carla permanece de pie junto a la puerta, secándose las manos en la pollera y mirando la lejana silueta del silo. Por la tarde debería ir hasta lo de Carlos Espinoza: Rosa estaba por dar a luz y las mujeres de la región se reunían en torno a la preñada en una alianza poderosa y milenaria. Carla pensaba en enfermar, súbitamente enfermar de gravedad. No asistir, no asistir. Era la única forma.
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Estaba atardeciendo y a lo lejos se escuchaban los ladridos de unos perros. Más tarde todos sabrían que eran los perros de Manuel Elena, ladrándole al cadáver de su amo que colgaba de una soga con una camisa blanca, un pantalón negro y un zapato.
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Habían pasado 50 años desde la muerte de Manuel Cruz. Manuel Cruz, el idiota, el que sobrevivió a sus primeros años pese a los pronósticos de todos los doctores. Manuel Cruz, el hombre más fuerte y estúpido de estas tierras marginadas. Manuel Cruz, el idiota. Antonia, su madre, aún lo veía en sueños. Sentada en su sillón, sin decir un Jesús desde hacía ya tres años, era la mujer más anciana del pueblo. Sólo dormía, cagaba y comía, y lo hacía todo tan brevemente que nadie se explicaba cómo seguía con vida.
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Don Torres había pasado los últimos cuatro meses de su vida postrado en su cama, aceptando la muerte con indiferencia. Cuando le pareció que se moría llamó a su hijo menor y le pidió que se casara con la hija de Carlos Astudillo. Después le recomendó que no gastara dinero en la boda, que nunca peleara con sus familiares, que tratara bien a su mujer y finalmente dijo: llamá a mamá, Luis, que ya son las seis y todavía no le cepillé el cabello. Así que cuatro días después de su muerte, el muchacho fue a pie hasta la propiedad de Carlos Astudillo. Vio a María en la parte trasera de la casa, con el pelo negro suelto sobre la espalda y un trapo azul en la mano. Sin decirle palabra a ella entró a pedirle su mano a su padre. El viejo dijo que no, que ni pensarlo y Luis abandonó el lugar en silencio y pensando en no volver. Pero apenas una semana más tarde, Carlos Astudillo en persona apareció en la casa de los Torres a ofrecer la mano de su única hija.
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Luis despertó con el zumbido de un moscardón. La luz de la mañana entraba por la ventana abierta e incendiaba los hilos blancos de las sábanas. Una brisa todavía fresca inundaba la habitación con olor a tierra seca. Los ladridos lejanos de los perros indicaban que era hora de levantarse. Era la primera vez que Luis dormía en la cama que había pertenecido a sus padres. Recién en ese momento recordó la noche previa. Miró hacia la derecha y la vio a Carla. Todavía dormía, y la luz del sol blanqueaba sus ojos cerrados como margaritas. Entonces pensó que era hermosa.
Esa fue su primer mañana como marido y mujer.
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Se pasó la mano por la boca todavía quemada por la caña. Caminó derecho hacia la casa y entró sin decir palabra, pero haciendo oír sus pasos. La mujer cosía alguna cosa que dejó en la mesa cuando escuchó sus zapatos. Se levantó de la silla y lo vio parado en medio del pasillo, mirándola como un idiota. El hombre se abalanzó sobre ella, la agarró de un hombro y la empujó contra la pared. La mujer intentó separarse de sus manos como garras, pero no pudo contra su fuerza. Él permaneció mirando sus asustados ojos marrones, escuchando cómo su mujer infértil empezaba a hablar con un ruido torpe y lleno de odio. Entonces le pegó con la mano dura y abierta de un lado y del otro, le levantó el vestido y empezó a penetrarla con desprecio contra el piso sucio e igualmente infértil de la cocina.
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Mediodía. El viento aullando en la alambrada. Siete sombras de cosas viejas. El cielo celeste y vacío. La res mugiendo brutalmente, orientando su morro tembloroso hacia el sur, hacia las tierras más benévolas del sur. Allí donde el desierto se doblega ante las manos y las herramientas de los hombres para alimentar raquíticos campos de cereales y fardo.
Carla permanece de pie junto a la puerta, secándose las manos en la pollera y mirando la lejana silueta del silo. Por la tarde debería ir hasta lo de Carlos Espinoza: Rosa estaba por dar a luz y las mujeres de la región se reunían en torno a la preñada en una alianza poderosa y milenaria. Carla pensaba en enfermar, súbitamente enfermar de gravedad. No asistir, no asistir. Era la única forma.
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Estaba atardeciendo y a lo lejos se escuchaban los ladridos de unos perros. Más tarde todos sabrían que eran los perros de Manuel Elena, ladrándole al cadáver de su amo que colgaba de una soga con una camisa blanca, un pantalón negro y un zapato.