17.10.06

Baldío. Páramo. Extensión de tierra desolada. Al norte, nada; al oeste, nada; al este, nada; al sur, el pueblo. El sol alumbrando punitivo. Tercer verano sin cigarras. Los cirros alargándose como en julio, el viento quemando todo hasta corregir el suelo en cuero curtido. La tierra convertida en polvo, polvo errante como Caín. Angustia surcada de hormigas y alacranes. Sólo en algunas zonas el erial cede a pálidos campos de forraje, a la avena flaca llorando en el viento.

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Era la hora en la que todos hacían silencio recordando aquellas tristes aguas, aquella pasada tormenta. El ronroneo lejano, las luces sobre la tierra, el viento frío aullando y el agua... el agua cayendo de quién sabe dónde... estallando en finas líneas contra la tierra... formando nuevos ríos embravecidos... lloviendo... lloviendo... lloviendo... y estallando... durante horas... Hasta ser todo sólo el goteo de un alero en un charco ovalado...

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Morocha. Veintitrés años. Boca gruesa como una rosa. Vestido pardo abrochado y abotonado por la mañana. Pubis negro. El cabello oscuro y ondulado corriéndole por la espalda. La piel brillante. Los ojos marrones y confiados. Sonreía con vergüenza y, cuando estaba sola, intentaba aprender a leer con los dos libros que había en la casa, pero lo hacía mal. De chica no tuvo amigos: el cuidado de su madre tuberculosa y demente la mantenía atareada en el rancho. Mantas, pastillas, vasos de agua, palanganas, gritos y correas. Para cuando murió su madre, Carla tenía diecisiete años y una hermosura de magnolia. Estaba tan acostumbrada a la soledad y al abandono que casi no lo sentía. Pero cuando conoció la intención de casamiento de Luis Torres se le iluminó la cara. Entonces pensó que el matrimonio le permitiría al fina una vida hermosa, y no pudo evitar llorar de alegría.

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El casamiento estaba arreglado para el mediodía, pero el juez de ceremonias estaba con gripe y recién se presentó a las cuatro. Los invitados eran pocos y tenían los desconfiados ojos marrones de los Astudillo. Después de hablar el juez, los dos novios firmaron el libro cuidadosamente y se besaron en la boca por primera vez. A la salida recibieron saludos y se alejaron en un coche cuya marca ninguno se fijó. Algún primo de ella manejaba; hacía calor y se escuchó el ladrido de un perro.

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Después de la cena, el hombre esperaba afuera a que la mujer terminara de lavar los platos y se acostara. Entonces aparecía por la puerta del cuarto ya oscuro. Se desvestía sentado en una silla, dejaba el reloj en el cajón de la mesita de luz y se metía en la cama. Cogía a su mujer en silencio, sacudiéndose instintivamente, olfateando y jadeando, como un perro. La mujer permanecía boca arriba, sintiendo como su marido penetraba su interior infértil y esperando el goce con vergüenza. Cuando terminaban se separaban sin decir palabra. El hombre se dormía rápido después de dar algunas vueltas, mientras la mujer se quedaba mirando hacia afuera a través de la ventana abierta.

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Noche. La larga sombra del sueño extendiéndose sobre la tierra negra. La avena batiendo sus hojas como un ángel y las estrellas apagadas en su tumba oscura.

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Don Moravia pasaba los días sentado en una silla bajo el alero de paja de la entrada. A los 89 años ya no sabía cómo hablar y a menudo olvidaba su nombre. Lo único que recordaba era su Foggia natal, el intenso olor de la tierra mojada y la luz rojiza del crepúsculo agonizando en la cocina.

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-Este mediodía lo vi en casa de mi tío.
El hombre escuchó por primera vez y se dio vuelta.
-Sí.
-No nos presentamos. Soy María Crimer.
-Luis Torres.
El cielo tan claro, sin pájaros ni nubes.
-Me parece que tampoco nos habíamos visto antes. Es que hace cinco meses nada más que llegué, y soy de quedarme bastante en casa, sobre todo ahora, con este sol. Es increíble, hasta atraviesa las paredes de la casa. Me parece que no va a dejar nada con vida, ni un yuyo.
El sol erguido como una espiga.
-Cuando era chico crecían unas florcitas… pero no me acuerdo como las llamaban…
-A veces pienso que en estas tierras no puede pasar nada bueno. Que están tan alejadas del mundo como castigo, para que nadie las vea. Yo soy de Santa Fe, ¿conocés?. Bueno, no será la gran cosa, pero al menos hay personas con las que se puede hablar y divertirse.
-Eran unas flores muy chicas. Podrían no haber existido nunca.
El polvo flotando en el viento. Siete sombras de cosas viejas.
-A las únicas personas de mi edad que conozco son una de las hijas de Pardo, el de la camioneta, y Pablo Elena.
-Lo conozco. Somos vecinos.
-Sí, bueno... te dejo. Supongo que nos vemos.
-Sí.
Se dieron la mano.
El sol de pie como una espiga dolorosa.

[...]

Cada día más pobre. Estas tierras. Ya no hay cosechas, los animales están enfermos, con los ijares flacos como una tabla... y ya nadie recuerda cuando cayó la última lluvia. Estas tierras que antes alimentaban a tanta gente, tan prósperas si se las sabía trabajar... ahora están muertas. Muertas como todos los amigos y conocidos, mujeres y chicos, enterrados para endurecer la tierra con su propia dureza de muertos. Y donde crece la muerte no crece nada. Y si no preguntarle a Ceferino Lines. Ceferino Lines, que había llegado a esta región con su boca negra y grande llena de dientes. Pura sonrisa. Hasta el día en que Pablo Astudillo, el mayor de aquellos Astudillo, dijo que Ceferino, el extranjero, andaba seduciendo a su mujer y lo abrió al medio con su cuchillo a plena luz del día, para quedarse ahí parado, mirando el goteo de su obra.

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Acostada en su cama, Evangelina Flores sólo podía ver el retrato de bodas de sus suegros y el crucifijo labrado por Ismael. En medio de esa soledad, el recuerdo de aquel año 72 la estremecía con una fuerza tan incontenible como su misma enfermedad. Su último hijo, un varón todavía sin nombre, murió a las tres semanas de una fiebre que lo consumió en una sola noche. Cuando su esposo volvió de la ciudad tres días más tarde solo encontró una cuna inmóvil y vacía. Todavía podía recordar a Ismael, todo piel y hueso, un perro, alargando su sombra macilenta sobre la tumba. Ismael. Ismael, su hombre, el padre de su hijo, su única compañía, un objeto tan severo y seco como un leño. Entonces pensaba: al fin volveré a ver a mi hijo. Y a continuación repetía como en una oración las palabras que había escuchado decir a su abuelo paterno poco antes de morir: ¿Es este el comienzo de mi muerte? Un pavor que pasa como un suspiro.