…y es mi hija chiquita, caracolito, estrellita de mar, semillita arriba de un pan, mi pequeña “mañana vamos a visitarla a la abuela, ¿querés?” “no, ahora; quiero ver a los periquitos que se casaron” “pero ahora no podemos, si estamos yendo al banco…” “¡no, no quiero el banco!” y hace berrinche y berrinche y las mejillas se le ponen coloradas como un tomate, como un rabanito, y en la vereda de enfrente ladra un perro grande, amarillo “mirá, cielo, como esos que te gustan a vos…” “no, no quiero” “sos malo” y se suelta de esa mano que agarra sólo cuando quiere “papá malo” “vení, crucemos” “malo” “no te tragues el chicle” “malo” y llegamos a esa casa de la reja verde que huele a pasto recién cortado, a pintura fresca “a la vuelta pasamos por el kiosco y compramos algo” “¿un bon-o-bon?” “sí, lo que quieras” “un bon-o-bon” “bueno” “y le llevamos uno a Martincito” “pero si todavía es muy chiquito: no le salieron los dientes y no lo va a poder comer” “pero yo le ayudo” y me da de nuevo la mano, chiquita y húmeda, como una caracolito, una estrellita de mar “y después vamos a lo de la abuela, pa” y camina a los saltos, sapito, mirándose los piecitos blancos a través de las sandalias y a cada salto “¡la abuela! ¡los periquitos!” y se calla sólo para volver a empezar...